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sábado, 6 de junio de 2009

Del Silencio



Al Poeta Ginebrero.



Mi poeta:

Me he callado,

ya no digo más que algunas sonoridades demenciales.

Mi lenguaje, mi más preciada pertenencia,

se vacía y una loba

(sí, ella... La Loba)

aúlla dentro de mí como mi eterno samsara.

Sabe tanto de ceremonias inhóspitas,

de pulsiones a contra piel,

de danzar desde el centro de la llama

donde todo arde y quema,

que todo arde y quema,

y entre mis pliegues queda una pequeña amada

con piernas de cristal

y carga con ella una frialdad

que no se calienta con nada.

Es La Loba quien aúlla y no habla,

pero sabe hacer del grito un hijo,

un cachorro perdido al cual alimentar y sanar,

por eso su lengua áspera lame mi silencio

desde el mismo silencio

(una cajita oscura y satírica

llena de golosinas para mi mal)

y hace de ese momento

una ceremonia de dichos muertos

para otros amados muertos.


Mi poeta,

¿Qué hace el amor con el silencio?

¿Una estafa de caricias impunes?

¿Qué hace el amor con el silencio?

¿Cultivar nuestra más roja herida y hacer de nuestra palabra

este círculo de confines a donde nunca llegamos?

¿Qué...?

y si nos aproximamos a ella

y si la acariciamos como ella me acaricia

y si la desnudamos de fuegos ceremoniales

y si la mordemos como un lenguaje arcaico y retraído

y si... pudiésemos hacer de la noche un decir,

un nombre,

una sombra al menos

en la cual guarecernos de nuestras propias calamidades....

y si...

La Loba aúlla...

Todo arde y esa amada

(la que fui, una extraviada más)

es desterrada de cualquier verso.


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