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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Te diste cuenta, al fin,

que no puedo salvar tu corazón,

que no puedo rescatarte del amor?

Que tu cuerpo, tus manos, tu sexo

son el pago de una cuota vencida hace siglos

cuando aun no existíamos

ni existía tu vida, ni yo en ella.

(Es la prueba inefable

de que todo oscurece

después de las heridas)

Has dejado caer mi pluma

justo en las puertas de tu casa,

casa con puertas de papel

y ventanas abiertas de par en par,

lugares siniestros

que me llevan directo al callejón

más oscuro de tu alma,

en donde tantas veces transité sin miedo,

mientras suplicabas por alas prestadas

para emprender vuelo

quien sabe dónde.


Déjame volver a casa,

meter la llave en la cerradura

para encontrar nuevamente nada

y pulular como una mosca

entre el balcón y la cama,

entre tu olor en mi cuerpo

y la repentina soledad;

para que todo lo vivido

se convierta en parte del paisaje

y permanezca infinitamente

en las palabras que no dijimos

y que ya nunca más serán.

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