Dedicado a alguien que no conozco: ERKER, tu poesía es inspiradora.

Me engalano con tus joyas, me embisten como espadas en una batalla verso contra verso.
Soy un descaro para la felicidad, pero encaro la soledad con una valentía que no conocía hasta ahora y, sólo por esta noche, me desprecia para dejarme embellecer con tus preciosas perlas fundidas en papel.
Imagino tu cuerpo bajo el arrebol y descansa con extrema sensualidad, florece en extraños remordimientos, en nostalgias que no han sucedido ni sucederán. Son como lluvias hirvientes que abren la piel y calan el alma, construyendo zanjas para encaminar las mieles que nacen en el punto justo en que la noche, mordazmente, se transforma en alba.
Tu boca, áspera de deseo, hace de los besos una gargantilla para mi cuello. Y entonces, todo se entrega para ti, por ti: mis carnes, los labios secos, la veracidad de mis manos, las humedades de un cuerpo que sólo supo hasta hoy danzar inviernos. Siento el calor de la sangre en tu pecho, por eso la amo y abro mis venas sin precaución; me desangro en la fiebre de esta nueva creación que someto y entrego generosamente al caos de una poesía sorda y ciega, pero nítidamente perfecta.
Profano las esquinas de tu espacio. Mis manos enjoyadas guardan entre sus dedos la adoración, el incesto, la blasfemia cometida contra tus palabras, tu verso. Un delito extasiado en sutilezas literarias, pero sincero, confeso, tan maravilloso como la realidad, como nuestras lejanas realidades.
Es la desgracia quien me adorna la cara, la frente, la vida y soy parte de la enfermedad gracias a eso. Me gusta ser la lepra, la sarna, la gata negra, el mal augurio. Me gusta ser la mercenaria de tus versos, sólo para enjoyarme con las perlas de la luna.
Imagen: Jean Saudek