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lunes, 13 de abril de 2009

Noches lobas II


¿Caperucita acechando al lobo, o es sólo, tan sólo, una noche de perros con aullidos de lobos?








Muerde, muerde mis caderas, la frágil espiga de esta que ya no soy.
Átame el silencio a la voz de tu recuerdo y lléname el vacío cereza, penétralo tanto de tu lengua, que nunca más logre pronunciarte entre labio y boca. Algo exquisito se produce cuando dejo de pensarte y te vuelves real hacia mi y me sacudes los prejuicios y sarcasmos que habitan dentro de esta anciana niña y gris.
Afianza mi deseo con cadenas, cierra los extremos de las esferas que nos engañan y nos mantienen alerta. Entrégate feroz y sombrío a la doncella indolente que habita detrás de la poesía.
Sabes que me gusta el exceso y abundancia de tu mirada, así como la del cigarrillo que se posa en tu boca, humareda destilando humedades y arrastrando nuestra carne hacia el ocaso de una noche loba que no calla, que se viste de niebla y lluvia, de chillidos sin queja.



Vuélveme hacia el infinito y embriágame de caudalosos ríos. No me importa la luna ni su incesante poder oblicuo, ni su pureza albina, ni su mortecino hechizo. Sigue navegándome, que yo seré toda marea tuya, ola incesante que no se cansa de nacer y morir en tu playa.


Imagen: Jan Saudek

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