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sábado, 2 de mayo de 2009

Una respuesta


Tengo un nombre, todos y ninguno. Me han llamado Luna, Celeste, Alejandra, Perséfone, Rosa y Sacerdotisa del torá. No tengo mucho, sólo recuerdos, cuadernos con poemas, cartas nunca enviadas, títulos, fotografías, un bronceado de Brasil y una nostalgia de Córdoba. También tengo dos amores, uno apasionado y casual y otro tierno, transparente y a los dos los amo por igual. Mis madre dice que nací en el mes de los gatos, que tengo 28 años y que soy signo Leo. Soy astigmática, pragmática y poco habladora, pero tengo una mirada negra y profunda que suele hacer radiografías del mundo que me rodea. Tengo dedos finos y largos y mi cabello es el caos que refleja lo que hay en mi corazón.
Soy fantasiosa y me gusta perderme en las imaginerías. La realidad me aterra, porque creo que vivir en y para ella es perder la perfección, es perderme de lo que realmente soy. Por eso escribo. Escribo a los fantasmas, a los muertos, a las sombras, a los abrazados por ausencias, a los desconocidos y a los que nunca debí conocer. Escribo sin escrúpulos, sin mascaras, en forma miserable incluso. Escribo para revelarme ante la infame realidad, para darle el valor a lo único tangible, cierto, palpable y disfrutable: la pasión, el sometimiento a nuestros deseos, a los instintos.
Quiero ser extremadamente sincera y confieso que puedo ser adorable, pérfida y humana, pero sólo serán bosquejos incompletos de lo que realmente soy. Me acerco un poco más a mi, cuando se corre el velo inescrutable de la poesía, cuando se anula mi cuerpo, mi mente, mi alma, y mi corazón se somete al fin a ella, a ti, a cualquiera, para recibir con total plenitud lo que me han dado.
Por eso no quiero más que su fuego.
Por eso no quiero ser más que un pájaro herido en tus manos.

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