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lunes, 23 de marzo de 2009





Llueven ángeles esta noche y dejan sus alitas colgadas en el portal de mi casa.
Es el comienzo de un milagro.
Yo, que creí crecer destinada a la carencia del vuelo, me convierto en pájaro-ángel, me desarrollo como un niño y pruebo todo, saboreo, toco, recojo flores del suelo y juego a deshojarlas sin compasión para conocer todos los umbrales del dolor. Crezco y en este peregrinar entre el cielo y la tierra, entre el juego de mis sentidos y mi alma, hago un vuelo desde el silencio al poema, desde mis miedos ancestrales al coraje que me da la lucha de ser mujer y guerrera, pájaro- ángel. Milagro y agua.
Me quito el traje de niña luna y gris para compartir los besos y abrazos, las alas y los vuelos a esas tierras en donde la revolución no se nombra porque se vive como el árbol vive a la tierra, el viento a mi pelo, el amor al hombre. Como los amantes que omiten los conceptos que habitan en la sed insaciable de sus cuerpos unidos. Me voy volando sin miedos ni cálculos, sólo inventando cantos y versos, con mi ser en un puñado de deseos, entregada a la hoguera que produce el viento en mis alas luego de una ceremonia de fuego y madera en la que he enlazado al fin mi cintura a la carne del sueño.
Se me estremecen las alas frente a los tres espejos y ardo como crepúsculos en verano. Soy, desde esta mirada piramidal, nuevamente un recién nacido; mis ojos aún no se acostumbran a la luz y siguen en el anhelo de la oscuridad, porque también soy pájaro nocturno, un símil de los ángeles que llovieron esa noche y la inmortalidad de los pájaros que regresan
Y también sigo viviendo los milagros en profundidad, como ése, el de saber que la vida misma y la felicidad caben en un granito de arena que pongo sobre la palma de mi mano abierta, una ofrenda de esperanza, una certeza o solamente un paso camino a la eternidad. Tan cierto como que llueven ángeles en algunos momentos.

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