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domingo, 16 de agosto de 2009

Hermana Lluvia



A veces, camino bajo la lluvia
y me sano del frío,
del dolor y
de la ausencia.
A veces, camino bajo la lluvia
y dos, de la mano,
también lo hacen,
y se sanan como tú y yo
áquel día de lluvia
en el viejo puerto de San Antonio.




Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa. Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres. De cualquier manera la lluvia es saludable y triste. Sus tambores acunan nuestras noches y la lectura corre a su lado por los canales del sueño. Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban. No habían despertado todavía al amor, no sabían nada de nosotros. De nuestro gran secreto. Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga. Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos. Todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección. Te quiero con toda la ternura de la lluvia. Te quiero con toda la violencia de la lluvia. Te quiero con todos los tambores de la lluvia. Te quiero con todos los violines de la lluvia. Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes (...)

Estoy lleno de tu vida y de tu muerte. Estoy tocado de tu destino. Al extremo de que nada te pertenece sino yo. Al extremo de que nada me pertenece sino tú. Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra congoja, los humildes barrios de los trabajadores. La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste, y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Intima, recóndita alegría. Estoy tocado de tu destino. Oh, lluvia. Oh, generosa.

Raúl González Tuñon.


(A Marco Sadel, por nuestro inconfundible amor de años)


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